domingo, 18 de abril de 2010


CAMPESINOS RESCATAN SEMILLAS ANCESTRALES

Política agraria del Estado va a contracorriente de uso de semillas nativas.

Las más de cuatro décadas de violencia interna que ha sufrido y continúa viviendo Colombia parecen haberse ensañado con el campo.

“Cuando los desplazados y los que son excluidos por el modelo económico —que no les da oportunidad en el campo— migran a la ciudad, lo primero que pierden es su seguridad alimentaria, y cuando un agricultor sale lo primero que pierde son sus semillas que son la base de su sistema productivo. Además, cuando una comunidad agrícola abandona sus tierras la erosión de los campos es muy fuerte”, explica Germán Vélez, director de la organización no gubernamental colombiana Grupo Semillas.

“Es así”, continúa, “que los pocos que vuelven a sus parcelas se encuentran con que no sólo han perdido su forma de alimentarse, sino también sus semillas y la calidad de la tierra. Entonces deben empezar un proceso de cero”.

Realidades como las reveladas por el estatal Instituto Geográfico Agustín Codazzi, que aseguran que el 61.2% de las tierras están en manos del 0.4% de los propietarios, el despojo violento de territorio y las malas políticas gubernamentales han llevado a que la población campesina colombiana —en cifras del Grupo Semillas— haya pasado de ser el 50% en los años 70 a sólo un 24% de la población nacional actual.

Dentro de estos factores, el más nocivo ha sido el desplazamiento forzado. En los últimos 10 años, unos 2.3 millones de campesinos, afrocolombianos, indígenas y colonos han debido abandonar un número de hectáreas que oscila entre las 2.6 millones que registra la Contraloría General de la Nación y las 10 millones de hectáreas que señala el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado.

Recuperación de semillas perdidas
Cuando los indígenas zenúes en Urabá, que fueron desplazados a principios de 1995 por grupos paramilitares, retornaron dos años después, se dieron cuenta de que no tenían sus semillas ancestrales, que se les habían perdido por el modelo económico y porque les habían promovido los híbridos y las variedades mejoradas en laboratorio.

“El problema se acentúa porque la ayuda inicial que les da el gobierno incluye semillas mejoradas que en un principio los campesinos no saben manejar y que en su mayoría son aptas para unas condiciones especiales de producción —como agua óptima, suelos especiales o condiciones fitosanitarias específicas— que si no las tienes, ni posees el paquete tecnológico requerido, no dan la producción que debería”, asegura Mauricio García, coordinador de la Campaña Semillas de Identidad que la Fundación Swissaid desarrolla en Colombia, Ecuador y Nicaragua.

Los zenúes iniciaron un proceso de reconstituir y recomponer todas las semillas criollas perdidas con ayuda de algunas de las poblaciones vecinas que quedaron, y lograron recuperar la mayoría de semillas de maíz, frijol, yuca y ñame.

Así pues, ante la situación que enfrentan las comunidades desplazadas al retornar a su lugar de origen, “nace la idea de fortalecer un modelo de desarrollo agrícola a partir de fomentar la no dependencia y basándose en los recursos propios de las comunidades. En esta circunstancia las semillas son un eje articulador de este proceso que no sólo les genera a las comunidades autonomía alimentaria, sino que les permite recomponer su tejido social y recuperar conocimientos ancestrales”, dice García.

Añade que “el primer paso, luego del regreso de la comunidad, es realizar un Diagnóstico Participativo Rápido, que consiste en un inventario de las variedades perdidas e iniciar su búsqueda en las comunidades vecinas. Si el desplazamiento ha sido masivo la tarea es más difícil y se puede perder un producto que las comunidades han utilizado durante siglos”.

En el conjunto de guías que, bajo el nombre de Recuperando Vida, Swissaid ha elaborado “para la recuperación de las semillas y la soberanía alimentaria en situaciones de conflicto en Colombia”, se indica que con el análisis de la primera información se establece cuáles son las variedades que se sembrarán a corto y largo plazo, cómo se realizará el transporte y almacenamiento de las semillas y la organización de la comunidad en los planes de siembra.

García revela que “desde mediados de la década del 90 hay una gran cantidad de organizaciones indígenas, negras, campesinas, en las regiones Caribe, Cundiboyacence, en el Pacífico y en el Cauca, que están trabajando en volver a recuperar estas semillas nativas, así como todos los conocimientos tradicionales alrededor de los sistemas de agricultura. Además están desarrollando nuevas propuestas de producción agroecológicas, “de agricultura sin agroquímicos, de agricultura orgánica que impulsarán la producción de alimentos”.

Modelo de resistencia
La ardua tarea se ha visto enfrentada a las políticas que el Estado viene promoviendo y que buscan una agricultura agroindustrial basada en transgénicos, en la producción de biocombustibles, plantaciones forestales y monocultivos agroindustriales para exportación. “Un modelo agrícola”, sostiene García, “que dice que en el campo no deberían permanecer los pequeños agricultores que sean ineficientes y poco competitivos”.

Sin embargo, el 7 de octubre del 2005, en San Andrés de Sotavento, en el norte del país, el Resguardo Indígena Zenú, Córdoba y Sucre se proclamó Territorio Libre de Transgénicos y dio paso para que el estatal Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), en las resoluciones que aprueban las siembras de maíz transgénico, incluyera una prohibición de siembra de este tipo de semillas en resguardos indígenas, y establezca una distancia mínima de 300 m del resguardo en los cuales no se puede sembrar maíz transgénico.

“Pero a pesar de estos modelos de resistencia y de la construcción de propuestas alternativas todavía falta avanzar mucho”, comenta Vélez, “porque estas redes de iniciativas todavía están muy atomizadas, dispersas, no articuladas, para demostrar que este modelo de agricultura es viable, sustentable y que pueda hacerle contrapeso a las políticas del Estado”.

“No hay un inventario nacional de este tipo de agricultura, aunque se plantea que más de la mitad de los 10 a 15 millones de campesinos que hay en el campo están trabajando —en pequeñas parcelas de 1 a 5 Ha— con agricultura de subsistencia utilizando sus propias semillas criollas, logrando el 70% de la poca comida que se produce en el país”, añade. 
—Noticias Aliadas.

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